Fue apenas hace una semana cuando lo recordé vívidamente, pese a que han pasado ya casi cuarenta años desde aquel verano y lo más curioso fue que la película que me lo trajo a la memoria ya la había visto años atrás, aunque esta vez la televisión la ofrecía en color, es decir, “coloreada” mediante técnicas informáticas cuyos entresijos se me escapan. Un sistema de ajornamento fílmico que, en su momento, hizo que los puristas pusieran –no sin razón- el grito en el cielo, y más en este caso que comento, pues el director de la cinta es Fritz Lang, el maestro germano que, cuando Joseph Goebbels le ofreció dirigir la UFA (por entonces la gran fábrica alemana de cine) esa misma noche, hizo las maletas y se largó de Alemania, huyendo para siempre del paraíso nazi. Fue, como he dicho, esa película norteamericana del director de “Metrópolis” la que hizo renacer en mi cabeza la anécdota vivida a orillas del Sena, en el anochecer de un día caluroso durante el mes de agosto de 1966.
La película es un western y se tituló en España “Encubridora”, aunque su título original en inglés en nada se parecía al que pusieron aquí, pues aquél, si no recuerdo mal, era “Notorius”. Cuesta imaginar a Lang dirigiendo una película del Oeste: cabalgadas, atracos, tiros, duelos entre buenos y malos… y una mujer fatal y estricta gobernanta que, en el fondo de su pecho, guarda un corazón sentimental y romántico, papel protagonista que Lang reservó para una compatriota suya, también huida de los nazis llevándose con ella, al otro lado del Atlántico, a quien había dirigido en Alemania su película más famosa (“El Ángel azul”), en la cual von Sternberg –tal era su apellido- la hacía exhibir sus magníficas piernas sentada sobre un barril, se ha de suponer que de cerveza. Pero, a decir verdad, más que las piernas, lo que llamaba la atención y aceleraba las pulsaciones del espectador era una parte de ellas: el espacio blanco y desnudo que limitaba al sur con unas medias negras y al norte con el corpiño al que se unían aquéllas mediante un mecanismo conocido por el mal nombre de liguero. Más joven y más rellena de lo que habría de aparecer más tarde en las pantallas, aquella vampiresa de taberna estaba, lo diré claramente, como para comérsela.
En “Encubridora” -ya lo he escrito- la actriz alemana interpretaba un personaje canalla y delincuente que con un solo gesto mantenía a raya a una pandilla de bandidos, habiéndose hecho amante del más apuesto de entre ellos, un pistolero elegante, hábil con el revólver y fiel a sus amigos que interpretaba Mel Ferrer. Un envidiado señor que convivió muchos años con otra joya, una mujer llamada Audrey Hepburn. Pero el personaje femenino de la película guarda dentro de sí un corazón piadoso y entregado, como el de la actriz que lo interpreta, de quien cuentan sus biógrafos que, cuando volvía a su casa de Beverly Hills tras un duro día de rodaje, aún tenía tiempo de ponerse el delantal y cocinar para su amante. Durante muchos años lo fue de Jean Gabin, quien, al parecer, la sometía a todo tipo de sevicias morales. Por esa condición de mesa puesta y cama llena pasaron muchas otras personas de ambos sexos y entre ellas, según se ha escrito, una española, de nacimiento o nacionalizada, que se hacía llamar Imperio Argentina.
No tuvo suerte esta alemana ni con sus amantes ni con su única hija, María, que aún sigue por ahí soltando bilis sin piedad contra su propia madre sin que ésta pueda ya defenderse. Una madre que, por cierto, siempre la trató con demasiado mimo, haciendo de ella una malenseñada. Tampoco sus compatriotas la perdonaron nunca que apareciera por Europa después del desembarco en Normandía dando recitales, animando a las tropas norteamericanas que liberaban a los europeos del yugo que les habían puesto encima los fundadores del “Reich de los mil años”. Fue tachada de traidora en los corrillos alemanes formados por patriotas que, cuando todo el tinglado nazi se fue a tierra, aseguraban no haberse enterado de nada. Ese papel había de representarlo ella misma, con singular talento, al interpretar a una prusiana noble, casada con un militar, en la película de Stanley Kramer titulada en inglés “El juicio de Nuremberg” y que los mandamases españoles del cine rebautizaron –relativizando la cosa- como “Vencedores y vencidos”.
Una de las cartas publicadas por un periódico de Aachen (marzo de 1960) explica el ambiente creado contra ella: “¿Acaso tú, una vil y asquerosa traidora, no sientes vergüenza de pisar suelo alemán? Deberían lincharte”. Claro que también tuvo defensores, Billy Brandt en primer lugar. Quizá una carta femenina publicada entonces lo resuma mejor que cualquier discurso: “¿Quién demostró más coraje? ¿Ella, que resistió la tentación de ponerse de parte de Hitler y luchó contra él, o nosotros, que nos arrodillamos ante aquellos desgraciados líderes?”.
En la película a la que vengo refiriéndome, “Encubridora”, y en esta versión en colores, el cabello de ella resulta más oro que platino y su cuerpo se adorna, con una versatilidad sorprendente, vistiendo con la misma elegancia unos vaqueros y camisa de cuadros que escotados y enjoyados trajes negros de noche; mas, como siempre, salidas del proscenio, entre las faldas, breve y casualmente, abiertas, se nos muestran sus piernas (y nunca mejor dicho, pues se trata sólo de eso, de una muestra) en todo su esplendor.
Pero a lo que iba, fue en París, una tarde calurosa de agosto de 1966 cuando estaba yéndose el sol. Mi mujer y yo decidimos bajar a tomar la fresca cerca del río, desde la rue des Écoles, donde vivíamos en un apartamento prestado por una pareja de amigos, argelino él y española del exilio ella. Llamar “apartamento” a aquel chamizo de dos piezas y cocina, sin váter y sin baño quizá resulte exagerado. Había que salir al rellano de la escalera para alcanzar allí el inodoro, el cual, quizá para evitar que el usuario se demorase en la tarea, era de ésos llamados “de pedales”. Estábamos en Francia, donde sólo las casas de los ricos tenían entonces bidet. Para bañarnos teníamos que ir a un establecimiento público o hacerlo en la cocina, de pie sobre un barreño, salpicándolo todo de agua… pero estábamos en París, éramos felices o, al menos, eso creíamos.
Salimos a la rue des Écoles, ella con su embarazo de ocho meses que dibujaba con su fino cuerpo una curva cóncava-convexa y yo, creyéndome que la vida era pan comido. Recorrimos la distancia que separaba nuestra casa del Boulevard Saint Michael y por él bajamos, atravesando el de Saint Germain, hasta la plaza que, sobre el río, lleva el nombre del mismo Arcángel cuya figura, blandiendo su espada flamígera, adorna la fuente que allí se levanta. Tomamos hacia la izquierda por la ribera del Sena y, pronto, encontramos unos veladores libres sobre una acera estrecha. Para no impedir totalmente el paso a los viandantes, las mesas eran diminutas y las sillas estaban colocadas no en derredor de las mesas, sino en fila y sus respaldos pegados a la pared del edificio. Allí nos sentamos y pedimos dos demis de cerveza.
El París bullicioso y paseante debía de estar de vacaciones, pues por aquella rive gauche sólo pasaban, de vez en cuando, algunos peatones cansinos, generalmente turistas. Ya se había hecho de noche. Sólo la luz de las escasas y tacañas farolas iluminaba el lugar y, pese a ello, en un momento dado, mirando hacia mi izquierda, distinguí, cien metros más allá, a una mujer solitaria cuya cabellera rubia contrastaba con su vestido (falda y camisa negras) y que venía por la acera frontera a la nuestra. A pesar de la distancia tuve la seguridad de era ella y así se lo dije a mi mujer que, incrédula, me embromó: “Naturalmente, y ahora vendrá y se sentará a tu lado”, me dijo, zumbona. La mujer rubia siguió su paso y de pronto, cuando ya se encontraba a unos diez metros de nosotros, cruzó la calle y, en efecto, se sentó a mi lado… y cruzó las piernas, antes de pedir al solícito camarero que acudió enseguida: “Un vin blanc froid”.
La rodilla de su pierna derecha, que había encabalgado sobre la izquierda, quedó, literalmente, al alcance de mi mano y si el tacto no tuvo conocimiento de aquella maravilla la vista sí, y ésta no se detuvo en la rodilla sino que amplió su radio de acción a las hermosas pantorrillas y también, aunque más furtivamente, a sus manos y a su rostro afilado de dotados pómulos y de boca tan huidiza como sugerente.
Aquellos minutos pasaron muy rápidos. Yo hubiera estado allí toda la noche, dándole cuerda a mi imaginación, pero el reloj de mi esposa puso punto final al encantamiento. “Ya es hora de ir al Restaurant Universitaire, que cierra a las nueve y media”, dijo. Pagué y nos levantamos, pero entonces, venciendo la timidez que con tanta frecuencia me atenaza, me volví hacia la actriz para decirle: “Bonne soir, Madame Dietrich”. Ella levantó la mirada hacia mí y, sonriendo, con aquella voz aguardentosa, contestó: “Bonne soir, jeune homme”.
Nota: María Magdalena, segunda hija de Louis Dietrich y Elisabet Felsing, nació en Berlín el 27 de diciembre de 1901 y murió en París, en la soledad que había elegido para los últimos años de su vida, un día de mayo de 1992. Su última aparición en una película (“Gigolo”) tuvo lugar en 1978.