Un escultor neoclásico y aragonés, afincado en Madrid tras estudiar en Roma, que se apellidaba Ponzano y a quien su padre, que algo tendría de bromista, puso en la pila del bautismo el nombre de Ponciano, ganó en 1848 el concurso para construir el frontón del Congreso de los Diputados. Ponciano Ponzano (Zaragoza, 1813-Madrid, 1877) representó allí, en el frontón y con distanciado historicismo, a España, a través del Ebro y del Tajo, el Valor, la Justicia y la Paz y también las Artes, la Navegación, la Industria y el Comercio. Como postre, diseñó y ejecutó los dos leones que vigilan y defienden la entrada del edificio.
Es fama que Ponzano se negó siempre a esculpir cualesquiera animales en mármol (porque, según él, eso daba mala suerte) y sólo se avino a elaborar los famosos leones de las Cortes en bronce. Un bronce procedente –según se dice- de unos cañones tomados al moro en la guerra de África. Pues bien, uno de los leones carece de los atributos que le corresponden como macho. Vamos, que es un capón. ¿Por qué? ¿Se le acabó el bronce cañonero a don Ponciano? ¿Se le olvidó al artista ese “pequeño” detalle? O quizá Ponzano sí los diseñó y los fundió, pero su valedora, la reina Isabel II, al ver tan rozagantes cataplines y dada la afición que le tenía a ese tipo de dotaciones, reclamó el par de pelotas y éstas fueron enviadas a Palacio para disfrute personal de Su Majestad.