Max Aub

No deja de ser significativo que los encargados de la política cultural en el municipio de Madrid hayan querido quitar los nombres a dos salas teatrales: Max Aub y Fernando Arrabal, que, según parece, no les gustan. Intentaré explicar por qué no les gusta Max Aub.

Exiliado en México y privado de su público natural, es decir, del lector español, Aub tuvo que pelear en dos frentes: contra Franco y su censura y contra quienes, desde el estalinismo, pretendían marcarle el camino. Es más, su actitud crítica hacia los comunistas españoles le trajo no pocos desencuentros y distancias con personas -exiliadas como él- a las que había querido mucho y a las que siguió queriendo a pesar de todos los pesares. Sus diarios están plagados de referencias y reflexiones a este respecto. Como republicano y socialista, crítico en muchos aspectos con la política norteamericana de la época, nunca quiso oír los cantos de sirena, por ejemplo, de las agencias culturales (“El congreso para la libertad en la cultura”) convenientemente engrasadas por el Departamento de Estado, y se encontró entre la espada y la pared.

“El hombre de nuestro tiempo –dicen- está forzado a escoger entre dos soluciones políticas contrapuestas… Para nosotros, españoles republicanos, se añade el dilema de nuestra situación especial. Es evidente que la política de los Estados Unidos es favorable a Franco y que la de la URSS le es contraria… Pero ¿será cierto que debemos escoger? ¿No existe la posibilidad de un mundo donde se dé a la Igualdad lo que es de la Igualdad y a la Libertad lo que es de la Libertad?” (El falso dilema, en “Hablo como hombre”).

Pero no se trataba tan solo de su difícil posición política, el asunto tenía también que ver con su oficio, con su propia vida de  escritor.

 “Ahí es nada: decidir por decreto que la música de Prokofiev y Shostakovich es mala y hay que hacer otra” (respecto a un comunicado del Comité Central del PCUS. Diarios. 25 de abril. 1948).

“Pero, ¿qué te has creído? ¿Que soy un propagandista político o un escritor? ¿Qué me reprochas? ¿Que mis personajes se mueven por resortes sentimentales y no políticos? Echa una mirada a la estantería: Tolstoi, Balzac, Cervantes, los setenta tomos de Rivadeneyra… ¿qué escritores están con vosotros? ¿Neruda, Jorge Amado, Fast? ¿Queréis que hagamos una lista de los que no lo están?… Pedís unidad y desunís. No queréis más unidad que la que está bajo vuestra égida” (Diarios. 16 de mayo. 1951).

“Ahí está la obra política de vuestros escritores. ¿Qué vale? Bien poco… Los grandes cantos civiles de nuestro mundo no fueron escritos por consigna ni son consecuencia de limaduras de comités, centrales o no. Ahí reside, a mi juicio, una de las grandes equivocaciones de la política comunista” (Diarios. 27 de junio. 1951).

“O se es jesuita o se es escritor; o se es comunista o se es escritor. No se puede ser escritor comunista, a lo sumo comunista escritor, lo que es muy distinto” (Diarios. 24 de marzo. 1951)

“La imposibilidad de entenderse con los comunistas reside en que, para ellos, todo es política; es decir, movible, inseguro, sujeto a rectificación si viene al caso. No les importa más que el poder. Muy poco lo demás” (Diarios. 5 de diciembre. 1955).

 Queda claro que el compromiso de Max Aub y de tantos otros creadores parte de la honradez intelectual y complementa su otro compromiso, el que sostienen con su propia obra. Es el doble compromiso de los incorruptibles. Una lección moral y civil.

Es posible que los neocomunistas que hoy rigen a su gusto el Ayuntamiento de Madrid no lo odien por lo que pensaba de ellos sino porque no lo hayan leído y ni siquiera sepan quién fue este socialista.

¿Y los concejales socialistas, que no han movido un dedo en defensa de su conmilitón?  A lo peor ellos tampoco han leído a Max Aub porque ocupan todo su tiempo en las redes sociales.

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